(suena el teléfono)
Hola. (digo)
Hola... Alberto?
Si. Alberto... quien es?
¿Vos sos Coco, no?
Si, Coco habla. ¿Quién es?
Jorge.
¿Qué Jorge?
Perdon, pero... no conozco a ningun Jorge Arbeya. Que desea?
Albella, Al be lla... con b larga y doble ele.
Ok, Albella o como sea, que quier...
Deja de escribir boludeces sobre mí o la vas a pasar muy mal.
Perdón pero usted debe estar confundido.
No, no... sabes muy bien a que me refiero. Vos a mi no me conoces pero yo soy muy pesado y tengo muchas influencias... te repito, deja de escribir sobre mí.
Mire Jorge... debe haber un mal entendido.
Sabelo... Te voy a estar leyendo. Asi que... ojo al piojo.
Y cortó.
Desde ese día deje de contarles y de escribir porque tuve miedo. Aunque no hubo mas llamadas de ese tal Jorge Albella por suerte. Pero si aparecieron advertencias tales como papelitos en mis bolsillos que rezaban: “No seas buchón”. O mensajes en los cajones donde Lucía pone mis medias y calzoncillos, hechos con letras recortadas del Página 12 y pegados con Boligoma que avisaban: “Si escribís sobre mí, cobras”. Y otras más inquietantes y amenazadoras descubiertas al acercarme a mi auto y encontrar los vidrios escritos en letra imprenta y mayúscula con la leyenda: Lavame sucio. Aunque esta última no se la puedo atribuir a él precisamente.
Si regreso a contarles mi historia es por el apoyo y la comprensión de Lucía que enseguida me averiguo sobre un plan que tiene el Gobierno de la Ciudad para amparar a tipos como yo que se les da por escribir blogs contando su vida siendo parecida a la vida de otros pero que en realidad no es la de otros y aún así son amenazados para que dejen de escribir. Es gratuito además.
Así que desde ahora... Yo, Alberto “Coco” Sabattini escribo. Y como dice una canción de un cantante que escucha Lucía que ahora no me acuerdo bien el nombre: “A aquel que se viera reflejado, sépase que se hace con ese destino”.
